Juan Sebastián Cabal y Robert Farah, una amistad que mutó en hermandad

Juegan juntos desde los 11 años: este fue el duro camino que tuvieron que recorrer hasta este sábado cuando levantaron el título de campeones en Wimbledon 2019. Todo ha valido la pena.

Hoy en día es imposible comprender al uno sin el otro, pues incluso ya ni palabras necesitan para comunicarse. Señas, gestos y hasta sonrisas. El uno ya sabe lo que quiere el otro sin necesidad de abrir la boca. Juan Sebastián Cabal y su temperamento, su vehemencia, su corazón. Robert Farah y su entrega, su tranquilidad, su frialdad. El complemento que se necesita para jugar dobles, una modalidad que se puede entender, para las personas ajenas al deporte, como un matrimonio. Siempre habrá peleas, roces y ganas de separarse, pero al final, como la modestia y la sabiduría, la pareja seguirá siendo inseparable.

Una relación que cumple 25 años. Que remite a Cali, lugar natal de Juan Sebastián y ciudad que recibió con los brazos abiertos a la familia de Robert. También a la Liga Vallecaucana de Tenis, a las clases de Felipe Berón, a donde llegaron por coincidencia, por la concurrencia que permite el talento para pegarle a la pelota. El papá de Juan jugaba en el Club Tequendama. Su familia no era de esas con raquetas, de tenis blancos, de pantalonetas y medias cortas, así como de tardes de domingo con morrales gigantes. Simplemente vivían a dos cuadras y la cercanía influenció en la elección de este deporte.

Mientras el papá de Robert daba clases de tenis, enseñando lo que había aprendido en Líbano, el país que tuvo que abandonar por la violencia, antes de que nacieran sus hijos, para que no vieran lo que él había visto apelando a la cuerda razón de que irse era la mejor opción. Juan es mayor que Robert 10 meses. “Ambos eran muy alegres, se movían bien en la cancha. Les encantaba el fútbol”, dice Berón, uno de sus primeros entrenadores.

El circuito de sencillos fue severo y fuerte con ellos, no porque no hubiera talento, sino por situaciones que se fueron presentando en el sendero. Por ejemplo: la lesión de Cabal en 2005, en el Challenger de Morella, en un partido contra Zack Fleishman. La rodilla izquierda que no respondió a una bola en contrapié, el sonido similar a la rama de un árbol rompiéndose debajo de la suela de un zapato, y el grito de dolor, de agonía. “Lo escuché desde la tribuna. Se quedó tirado en el suelo. Fue duro verlo así”, rememora Berón, el hombre que los ha acompañado durante todo su proceso, así como a todo aquel que entró al grupo Colsánitas (Santiago Giraldo, Alejandro Falla, Carlos Salamanca, entre otros).

El menisco lateral desprendido, el ligamento cruzado anterior roto, es decir, un dictamen desalentador, punzante para la cabeza de quien apenas tenía 19 años. Seis meses en muletas, con bastón y respetando los tiempos del cuerpo. La fe lo invadió al punto de ir al templo de la Milagrosa en Cali, cada nada, a pedir por su recuperación. Aun así, en contra de los pronósticos, volvió a jugar, eso sí, dos años después.

Por el lado de Farah la realidad no fue tan trágica, pero también se empeñó en alejarlo del deporte. Una lesión en la muñeca y el no poder impactar la bola sin sentir un pinchazo generó zozobra, tristeza y obligó a cambiar los planes. “Me voy a estudiar a Estados Unidos”, les dijo a sus padres como dictando una ley, con la voz trémula al principio, pero segura al final. Estudió economía en la Universidad del Sur de California becado, pues lo mostrado había quedado en la retina de quienes apostaron por su talento.

Trabajó como boleador en el verano para pagar sus gastos del año y los buenos resultados en los torneos universitarios (fue número uno durante cinco años) le dieron energía para intentarlo una vez más en el circuito ATP. De hecho, en 2012, jugó en la tercera ronda del Conde de Godó, en Barcelona, contra Rafael Nadal (perdió 6-2 y 6-3).

Los caminos, en momentos bifurcados, se unieron con un diálogo, con una charla común que terminó arrojando un «pues intentémoslo a ver cómo nos va». Y los resultados deportivos han sido respuestas certeras. El primero, en 2014 en Río de Janeiro. El de este sábado, sin duda, el triunfo más importante de sus vidas, en el mítico All England Club de Londres, en donde el tenis sigue siendo el deporte blanco, en donde no hay espacios para patrocinadores y los verdaderos protagonistas son los jugadores.

La realeza británica en las gradas, personalidades del mundo de la moda, el cine, el arte y la literatura viendo la bandera colombiana en lo más alto gracias a este par de tenistas que tras el título de Wimbledon, su primer Grand Slam como pareja, se convertirá desde mañana en la dupla número uno del mundo, un espacio en el que ningún jugador había estado.

Y a pesar de los triunfos, de este triunfo, los resultados no son los que marcan el destino de esta pareja, que tiene claro que lo que los hace felices es jugar al tenis y que los triunfos son efimeros. «Estamos acostumbrados como humanos a pedir más y más; esa es la razón por la cual el dinero no compra la felicidad: porque siempre va a haber algo más que comprar. La clave es disfrutar el reto, encontrar ese placer, superar las caídas. Y si perdiste, pero fuiste fiel a lo que eres, quedas tranquilo. Ahí está la felicidad. Nuestro año es un año de once meses compitiendo fuera de casa. Puedes ganar un torneo, pero ese mismo día coges un vuelo y llegas a otro torneo a empezar de cero, como si no hubiera pasado nada. Es no subirse en el tren de las victorias ni en el de las derrotas. Es vivir el reto: ganar o perder no está en tu control, el esfuerzo sí. Varios jugadores se pierden en ese camino. Todos los deportistas somos seres emocionales. He pasado momentos difíciles en mi carrera. La experiencia te enseña que no es que haya un norte o un sur, sino que es lo que hay. Toca ser agradecido y simplificar la vida», concluye Robert, quien desde este lunes sabrá pasar la página de haber levantado, junto a Cabal, el título de Wimbledon 2019.

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